Escrito: «Cuando la Macarena quiso quedarse en Roma»

Y así es… en mayo del 2017, la Señora de san Gil quiso quedarse en la Ciudad Eterna y, más concretamente aún, en una céntrica calle, en la via del pellegrino, a pocos metros de la Iglesia que custodia el cuerpo de san Felipe Neri.

Y la Madre vino desde Sevilla para quedarse con sus hijas… y la trajo un macareno… Cómo gozaron ese día las hermanas de la cruz al ver ese rostro sereno que, hasta en las mayores tempestades, te llena de esperanza… Cómo gozamos ese día, aquellos que estábamos presentes y que somos macarenos de corazón…

Y allí en la pequeñísima pero sevillanísima capilla se presentaba nuestro embajador macareno con este divino obsequio y, junto a él, un matrimonio… pensábamos todos: amigos suyos… pero no…

Nada más aterrizar su avión en Roma, el matrimonio vio que nuestro amigo llevaba algo que le identificaba como “macareno”… y, gran exclamación de alegría, al encontrarse en lejanas tierras estos devotos de la que bajó del cielo a Sevilla.

“¿Dónde vas?”, le preguntaron. “Traigo entre mis manos este detalle para la comunidad de hijas de santa Ángela de la Cruz que llevan en Roma más de 50 años… ¿queréis venir conmigo esta tarde a Misa?”… Y ya os imagináis la respuesta…

Cómo gozamos en esa Eucaristía… cómo gozamos al ver la cara de alegría y sorpresa de las hermanas al destapar el lienzo y ver del rostro bendito de la Esperanza Macarena… cómo gozamos al dar gracias a Dios por este Matrimonio al cual la Virgen les hizo este regalo…

Sí, sí… este regalo… por motivos de la vida no pudieron celebrar en su momento sus bodas de plata… la enfermedad y la muerte de seres queridos marcaron ese aniversario… pero, como la Virgen premia a sus devotos de corazón, los trajo desde su gran Basílica de Sevilla hasta este pequeño oratorio, situado en el corazón de la Roma imperial, para dar gracias por tantas cosas recibidas en esos años…

¡Qué regalo más grande nos hizo ese día la Virgen!

¡Gracias Madre! ¡Sabemos que contigo nunca perderemos la Esperanza! Y, además, si aquí ya te vemos así, tan guapa, guapa y guapa… ¡es que no me puedo ni imaginar, Señora de nuestra vida, cómo será verte en la eternidad!

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